Andrés Avelino Cáceres y la defensa de Lima (Parte I)

CAMPAÑA DE LA BREÑA

Luis Guzmán Palomino

Orden de la Legión Mariscal Cáceres

No tuvo Andrés A. Cáceres a su “Zepita” en la defensa de Lima. A finales de setiembre de 1880, fecha de su llegada a Lima, el dictador, Nicolás de Piérola, le dio el mando de una quinta división acantonada en Huaral, a efecto de adiestrarla, disciplinarla y prepararla para contrarrestar un desembarco enemigo que creía sin duda que se realizaría en Ancón. Cáceres replicó que a su juicio la invasión se realizaría por el Sur y solicitó un puesto en ese frente, pero el dictador insistió con terquedad y suficiencia que tenía precisos informes de que Ancón serviría de cabecera de puente a los invasores. Ante ello, al Héroe de Tarapacá no le quedó sino encaminarse a Huaral.

El Ejército de Lima fue entregado al Pierolismo

Pudo advertir Cáceres la tremenda desorganización reinante en la capital. El Ejército de Línea prácticamente ya no existía. Los restos del Primer Ejército del Sur eran refundidos con unidades colecticias que llegaban a Lima de diferentes partes del país; y veteranos jefes y experimentados oficiales de carrera eran sustituidos por condotieros improvisados cuyo único mérito era el de pertenecer al partido de gobierno: “El Ejército de Lima fue entregado a los hombres de partido, mientras los jefes del antiguo ejército veían con dolor el abismo a que se nos conducía, y en que fueron arrastrados por las mismas tropas que se les confiaron al último momento y cuando su influencia sobre ellas debía ser nula” (1).

Se congregaron cerca de 16,000 hombres, pero más de la mitad fueron indígenas reclutados por la fuerza, humildes pobladores que nada sabían del manejo del fusil, que desconocerían incluso hasta el mismo día del holocausto; sacrificada masa que llegó a la capital sin saber a ciencia cierta qué era el Perú. La mayoría creyó que Chile era un general enemigo de sus “señores” o un “animalote, grande, con botas”. Era una muchedumbre casi inerme que en la hora crucial serviría de carne de cañón, ofreciendo su sangre con sublime heroísmo.

Tales eran los hombres que se aprestaban a combatir contra el invasor; y con ellos lo mejor y selecto de la población limeña, aquellos esforzados patriotas que acudieron a los puestos de combate por amor a la bandera y para salvar el honor nacional que mancillaron quienes con su torpeza y ambición propiciaron la catástrofe.

Piérola concibió tres ejércitos: del Norte, del Centro y de Lima; en Arequipa quedó inamovible el segundo Ejército del Sur, fuerte de 5,000 plazas. Hacia la segunda quincena de noviembre los invasores asomaron por el Sur, adentrándose hasta Cañete, pero el dictador todavía insistió en que la ofensiva enemiga vendría del Norte; y a finales de diciembre, descuidado totalmente el frente Sur, Chile pudo desembarcar en Lurín un ejército de 26,000 hombres.

Cáceres quiso resistir en Lurín

De una crónica publicada en “El Comercio” se puede inferir que, sin órdenes precisas del comando supremo, Cáceres movilizó algunas tropas con el propósito de obstaculizar ese avance enemigo, pero tuvo que volver al ser conminado a ello por el gobierno: “Cuando el enemigo ponía el pie en las playas de Lurín, una buena parte de nuestro ejército recibía órdenes de posesionarse a la vez de ese lugar. Aún hay más. Una división al mando del coronel don Andrés Avelino Cáceres desfiló hacia esos lugares a disputar al enemigo el triunfo que principiaba a alcanzar y que importaba una victoria. Pero, ¡invencible fuerza del destino! el coronel Cáceres hubo de regresar después de haber vencido gran parte de ese desierto, obedeciendo órdenes superiores: la sed agotaba a sus soldados, las municiones eran escasas, la tropa caminaba con tan limitados elementos como si marchase a una parada…

“Pero ¿por qué carecía la división de Cáceres de los elementos de movilidad indispensable? ¿En Lima no había bestias y vehículos suficientes para expeditar un ejército? ¿No se habían dado órdenes para empadronar los medios de movilidad que en la capital existían?

En Lima había bestias y carros de particulares, aparte de los que, en escaso número relativamente, poseía el ejército; unos y otros se tenía dispuesto fuesen empadronados y requisados. ¿Por qué, pues, faltaron?… Provistos nuestros ejércitos de las acémilas y vehículos que había menester, una división, un ejército entero, pudo llegar a Lurín cuando el invasor tenía apenas una diminuta fracción de sus tropas en tierra, y entonces, es de creer, que los resultados hubiesen sido distintos” (2).

Piérola culpable del desastre

En medio del caos, Piérola refundió a última hora los ejércitos del Norte y del Centro en lo que denominó Ejército de Línea, que de tal sólo tenía el nombre, según recuerda Cáceres. Dicho Ejército fue dividido en cuatro cuerpos y a Cáceres se le dio el comando del cuarto, integrado por 4,500 hombres. Pero no eran éstos los de la división que había adiestrado más de tres meses en Huaral, sino que se trataba de tres nuevas divisiones, acantonadas en Surco, Chorrillos y Pacayal, a cuyos jefes y oficiales casi desconocía. Se le ordenó concentrar ese cuerpo en las alturas de San Juan, lamentando Cáceres que se permaneciese a la defensiva sin tomar iniciativa alguna.

Piérola no se apareció por ese lado sino después de varios días, y sólo para aprobar su dispositivo de defensa, que no fue otra cosa que un cordón inusual y obsoleto desde medio siglo atrás, desparramando 16,000 hombres en 14 kilómetros de frente, sin fortines ni fuertes y sólo con “baterías” y “reductos” donde se instalaron de manera rudimentaria las piezas de artillería.

Para formarnos una idea más aproximada de la responsabilidad del dictador en el desastre, nada más a propósito que el “Manifiesto” que en mayo de 1881 hizo público el doctor José María Quimper, documento para cuya redacción tuvo el tino de asesorarse con analistas militares. De él son estos párrafos:

“Cuando S. E. el general La Puerta llamó a Piérola para que se encargase del ministerio de Hacienda, se negó éste a aceptarlo pidiendo se le nombrase ministro de guerra y presidente del consejo. El general La Puerta accedió a darle la presidencia; pero en cuanto a la cartera de guerra le hizo presente que no le parecía prudente que asumiese el desempeño de un puesto que no era de su resorte y para el cual le faltaban indudablemente condiciones que sólo pueden dar el estudio, la práctica y los años empleados en una carrera por su naturaleza larga y fatigosa.

“Piérola, textualmente, contestó lo siguiente: ‘Excelentísimo señor, es necesario que S. E. se convenza que yo sé más de milicia que todos los generales del Perú’. ¿Dónde, en qué tiempo y de qué manera pudo el dictador adquirir conocimientos militares? Había recibido su educación en un seminario, que por cierto no es el plantel más a propósito para ejercer la carrera de las armas. Al dejar el seminario se dedicó al comercio de drogas, estableciendo una pequeña agencia mercantil. Posteriormente, se hizo, por escaso tiempo, periodista político, volviendo en seguida a su mercantil ocupación hasta 1859, en cuyo año la dejó para desempeñar la cartera de hacienda. Su principal, casi su único acto como ministro, fue el célebre contrato Dreyfus. Desde 1872 se hizo conspirador. Ni en Torata ni en Yacango pudo hacerse militar, como no pudo hacerse marino en las aguas de Pacocha.

“(Y) resolvió esperar en Lima al ejército invasor, perdiendo, en consecuencia, todas las ventajas que podían proporcionarle las líneas militares de Chilca y de Lurín en el Sur, y de Piedras Gordas y Aznapuquio en el Norte. Su grande obra fue la fortificación del San Cristóbal que, dada la situación del cerro, no tenía objeto ni podía tenerlo, desde que por allí era imposible un ataque del enemigo; gastó sin embargo en esa farsa de defensa 7’000,000 de soles más o menos.

Fortificó en seguida el San Bartolomé, que a ningún resultado proficuo podía conducir. Su sistema de reductos sólo fue iniciado después del desembarco de fuertes divisiones chilenas en Pisco. Dicho sistema abrazó dos extensas e inmensas líneas: la una desde Chorrillos, por Santa Teresa y San Juan hasta Tebes, dos leguas; la otra, más extensa todavía, desde Miraflores por El Pino, La Calera, etc. hasta Encalada. Habiendo desembarcado pocos días después los chilenos en Curayaco y tomado Lurín, el trabajo de los reductos se precipitó y al fin quedó inconcluso.

El plan del general seminarista

Antes de examinar sus disposiciones militares sui géneris, es preciso detenerse en una observación importantísima. Cuando Piérola hizo su revolución, el 21 de diciembre de 1879, el ejército de línea constaba de 20,000 hombres, que estaban reducidos a 16,000 al librar los combates decisivos de Chorrillos y Miraflores, un año y días después. ¿Dónde está, pues, la pretendida actividad de Piérola para organizar y aumentar el ejército? Verdad es que en el año de dictadura recibió fuertes contingentes de reclutas; pero también es cierto que esos contingentes no bastaron para llenar las bajas provenientes de la disolución de 12 ó 14 batallones, ordenada en los primeros días de su gobierno… Piérola no supo ni conservar el ejército que había encontrado en pie y fue falso lo de haber aumentado o formado ejércitos. Lo que positivamente hizo fue organizar inmensas planas mayores, improvisando jefes y oficiales en número muy crecido, que sólo sirvieron para acrecentar los gastos e introducir el desorden en la movilización de los cuerpos.

Renunciando Piérola a las ventajas de la guerra ofensiva y en territorio propio, optó por la defensiva; al tomar esta resolución perdió la mitad de las probabilidades de triunfo… Entre cien casos, apenas habrá diez que hayan dado la victoria, y efímera, al que se encierra detrás de parapetos, fosos, murallas o reductos; en los noventa restantes el triunfo ha sido del ofensor.

Pero el general seminarista tenía otras ideas y creía sinceramente que el ejército chileno había de atacar en detalle cada una de sus fortificaciones. Examinemos su plan. Su primera línea, defendida por 16 mil hombres, tenía dos leguas de extensión. Era, por consiguiente, débil en todas sus partes para rechazar o sostener el ataque de 24 ó 26 mil hombres perfectamente armados y con excelente artillería.

Los 16 mil hombres estaban, además, divididos en cuerpos de ejército de 4 mil, colocados a grandes distancias entre sí, de manera que no podían auxiliarse los unos a los otros en un momento dado. En suma, toda la resistencia que tenía que vencer el ejército chileno era la que pudiesen oponerle 4 mil soldados clavados en posiciones de mediana importancia, con la única orden de sostenerlas a todo trance. Tampoco existía la posibilidad de que a la batalla acudiese la reserva en tiempo oportuno: primero, porque tenía orden de no abandonar en ningún caso sus posiciones, y segundo, porque entre ambas líneas había una distancia de una y media a dos leguas. Nuestro ejército tenía, pues, que ser batido forzosamente en detalle y bajo las condiciones más desfavorables. A tal suerte lo condenaba el gran plan del general seminarista. Todos preveían este resultado” (3)

Cáceres, motu proprio, no pudo menos que recorrer el frente de su sector, disponiendo rectificaciones y situando a sus tropas en lugares que creyó más adecuados; pero no contó con un buen servicio de avanzadas, ya que las que destacó con esta misión no se percataron del avance enemigo.

Fue el propio Cáceres quien con su catalejo lo descubrió finalmente. Piérola estuvo cerca suyo en aquel trance y aunque fue testigo de cómo la artillería enemiga ofendía con fuegos intermitentes el ala derecha de ese sector, se inhibió de dictar orden alguna que contrarrestase su efecto. Así, varios jefes fueron perdiendo la moral y la esperanza en un buen resultado.

Patriótica exhortación de Cáceres

Cáceres, a caballo y a pie, recorría día y noche la línea de batalla, procurando entusiasmar a sus tropas; por lo menos, él sabría cumplir su deber y demandó similar actitud de los batallones que quedaron a sus órdenes: “Lima”, “Pichincha”, “Piérola”, “Canta”, “La Mar”, “Manco Cápac” y “Ayacucho”. A esas horas extrañaba a su “Zepita”. El batallón reorganizado con este nombre, aunque bajo las órdenes de otro valiente, como percatándose del pensamiento de quien le diera gloria en Tarapacá, se aprestaba por su parte a ser fiel a su tradición heroica.

El objetivo del enemigo fue destruir el centro de la línea peruana, precisamente el frente que defendería Cáceres. Contra él se pusieron en movimiento 14,000 hombres, pertenecientes a las divisiones comandadas por el general Baquedano, que atacaría frontalmente, y el coronel Lagos, que trataría de flanquear por la izquierda. No haremos aquí una descripción de lo que fue la batalla en sus varios frentes, y nos limitaremos a reseñar lo que ocurrió con el cuarto cuerpo del ejército que comandó el general Cáceres. En la noche del 12 de enero de 1881, un soldado capturado a las avanzadas enemigas informó que la movilización de su ejército en orden de batalla se había iniciado a las 16.00 horas de ese día. A Cáceres ya no le sorprendió la noticia, pues la esperaba; deploró sin embargo que a otros jefes la proximidad chilena les alarmase sobremanera. Esa noche no descansó un solo momento, inspeccionando primero el reparto de rancho y ron a sus tropas y encaminándose al frente de su línea cuando eran las 03.00 horas del 13, listo para combatir aunque ninguna orden recibiera de Piérola. Pero a esa hora se le presentó el dictador, solicitándole acompañarlo en la inspección de la línea. (Mañana la batalla de San Juan)

(*) Las notas se publicarán en la segunda parte

CLICK AQUÍ PARA LEER LA SEGUNDA PARTE

7 respuestas a “Andrés Avelino Cáceres y la defensa de Lima (Parte I)

  1. Documentado e interesante aporte del profesor Guzmán Palomino, quien además de las glorias y los heroísmos incide en las miserias y las felonías presentándonos una cruda descripción de lo que fue la Defensa de Lima. Y acertada la publicación en esta oportunidad pues aunque parezca increíble, el homenaje oficial en el Perú (qué pensará el mundo al saberlo) se ha llevado a cabo ante la efigie del más grande traidor de la infausta guerra con Chile, lo cual refleja cuánto influyen hoy ciertos historiadores que parecen desgarrarse cuando alguien hace mención de Miguel Iglesias, Nicolás de Piérola, Arnaldo Panizo y toda esa cáfila de proditores que dieron vivas al enemigo según podemos leer en los documentos de la Colección Ahumada Moreno.

  2. NICOLAS DE PIEROLA EL GRAN TRAIDOR DEL PERU

    Esa es la condición de este sujeto provocador de infaustas condiciones que apelo al enemigo para congraciarse del poder politico en un momento infausto para nuestra patria.Amamantado en Valparaiso por la oligarquia chilena, envilecido por el poder este KISLING de la historia patria, arrecio contra toda personalidad noble y patriotica para contribuir en grande a la desgracia de nuestra patria.La historia AHORA LO JUZGA COMO UN TRAIDOR, DESLEAL Y PROTERVO CONTUMAZ Y PERFIDO ANTIPERUANO, que sabremos poner en el sitial de la deshonra, para que los ciudadanos patriotas sepan que EL MAL EJEMPLO DE ESTE INDIVIDUO, sea combatido por siempre y soterrado de nuestra patria.Pero NO, todavia el pierolismo de nuevo tipo asecha las entrañas de nuestra patria falsariamente cortejando con aquellos intereses chilenos que hace 130 años arrebataron a mansalva TARAPACA Y ARICA.EL PERU CLAMA VINDICA¡¡¡¡¡¡¡¡¡.DELENDA EL PIEROLISMO Y CHILE!!!!!!!!!

  3. Parte de la historia PERUANA escondida, nunca enseñada, y como ven, lo he repetido ciento de veces en lo que escribo en este blog PERUANO. todo esto lo pueden encontrar marcando en google la frase “chile contra PERU”
    Espero que los polkiticos de turno del PERU lean este articulo y sobre todo lo que dijo Don Ramon Castilla, sobre el armamentismo PERUANO.
    Si epopeya significa, según la Real Academia de la Lengua, “conjunto de hechos gloriosos dignos de ser cantados épicamente”, la Guerra del Guano y del Salitre de 1879, mal llamada “guerra del Pacífico”, no puede tener ese carácter porque simplemente fue de rapiña. Y es que Inglaterra utilizó a chile contra el PERU para apropiarse de riquezas salitreras que no eran suyas. Desde esta perspectiva, la sanguinaria y rapiñosa ocupación chilena en el PERU no puede ser heroica ni tener contornos de epopeya. No lo decimos solo nosotros, los peruanos, sino historiadores de la talla del inglés Sir Clement Markham, quien escribió cientos de páginas de aquella bestialidad, con apoyo inglés, que llevó “su afán de despojo y confiscación a límites nunca sobrepasados”. “En todo lo cual ―subraya el autor― se ve el efecto desmoralizador de una política de gloria militar y de conquista”.
    Por eso que este buen señor Markham auguró que el pueblo PERUANO, más allá de su quebranto, con seguridad se levantaría de las ruinas. En cambio lo que chile obtuvo por la fuerza del despojo le sería siempre nociva. Dicho de otra forma, cualquier heroísmo que pudieran haber derrochado los sureños se devaluó con aquella sangrienta e ignominiosa ocupación que el PERU jamás olvidará. (y algundia se vengara)
    La guerra de 1879 de chile contra PERU y Bolivia fue preparada en efecto por inglaterra en apoyo de sus empresas o Casas Gibbs y North, que fueron las beneficiarias en la explotación del salitre arrebatado a PERUANOS y bolivianos. “En esta guerra Inglaterra envió 7 (siete) acorazados que estuvieron frente a la costa PERUANO-chilena, que si bien se mantuvieron “neutrales”, intervendrían si chile perdía la guerra”, dice Santiago Paulovic (*).
    El jefe marino de las fuerzas chilenas, Patricio Lynch, sirvió 15 años en el ejército británico, participando incluso en la guerra del opio, nos recuerda por su parte el PERUANISTA mapochino Pedro Godoy.
    Los uniformes chilenos fueron confeccionados con tela inglesa, los fusiles usados por soldados chilenos eran ingleses, los barcos y armas chilenas fueron vendidas por Inglaterra a precios simbólicos.

    ¿Neutralidad?

    inglaterra, recuerda en otro momento Paulovic, bloqueó la venta de armas a PERU y presionó a otros países en la misma dirección. PERU mandó construir dos acorazados en Alemania, el “Sócrates” y el “Diógenes”, pero al pasar por el puerto británico de Southampton fueron detenidos, en aplicación de las leyes británicas de “neutralidad”; sin embargo en plena guerra dejaron salir a un barco chileno, construido obviamente por los ingleses, tal como fue publicado en el diarionorteamericano New York Herald.
    Es más, ya en 1868, es decir once años antes de la guerra, chile hacía gestiones secretas con el enemigo de entonces, España, apenas concluida la guerra en la que PERU triunfó, defendiendo incluso a chile, para la adquisición de los barcos”Chacabuco” y “O’Higgins”, que deberían ser sacados de sus astilleros por los ingleses.
    Posteriormente, como ya es sabido, entre 1874 y 1875, chile encarga a inglaterra la construcción de otros dos modernos acorazados, con el agravante que en la sesión secreta del Congreso chileno del 2 de abril de 1879, se dejó constancia que los “preparativos para la guerra fueron organizados con mucha anticipación”, es decir en 1868, teniendo el Estado chileno plena certeza de la superioridad de su marina frente a la PERUANA que estaba “en un estado lastimoso de abandono”.
    Tanto inglaterra como Alemania, y en menor medida Francia, apoyaban a chile, lo que incomodaba a Estados Unidos. Por eso es que en abril de 1882 el secretario de Estado Norteamericano James Blaine, como lo publicó LA RAZÓN, ante la comisión de relaciones exteriores del Congreso Norteamericano dijo estas memorables palabras: “La guerra del Pacífico es una guerra inglesa contra el PERU con chile como instrumento”.
    Hay otras versiones no desmentidas que sostienen que el presidente Norteamericano James Abram Garfield (1831-1881), por entonces opuesto a la entrega de territorio PERUANO a chile, porque esto beneficiaba a inglaterra, envío la fragata Lackawanna a la bahía de Arica para que un emisario suyo entable conversaciones de paz con los representantes de PERU, Bolivia y chile, sin concretar sus propósitos.
    Pero antes, según Paulovic, “ocurrió el ‘oportuno’ asesinato del presidente Garfield, y su sucesor se desentendió del problema. Dicen que extrañamente los documentos a los interrogatorios del asesino Charles Guiteau ‘se perdieron’”.

    Piratería

    Para que esto sucediera, años atrás, el estratega chileno Diego Portales tuvo que destruir, ¡con apoyo de PERUANOS!, en la primera guerra con chile, en la batalla de Yungay (1839), la Confederación PERUANO-Boliviana impulsada por ese gran visionario que fue el general Andrés de Santa Cruz Calahuama. Y tres años antes (1836), sin previa declaratoria de guerra, el mismo mercader Portales ordenó por sorpresa el asalto y captura de la flota más poderosa del Pacífico de entonces, la del PERU confederado, en un típico acto de piratería que la historia oficial ha olvidado.
    El cholo Andrés de Santa Cruz había tratado de cumplir, bajo el ropaje de un guerrero de los Andes, de un Manco Inca del siglo XIX, la misión integradora de su tiempo: restaurar, en un nuevo estadio del desarrollo histórico, la unidad pan-andina que se había perdido con el colapso del imperio de los Incas, objetivo vital que tanto el ideario de Bolívar cuanto el nuevo expansionismo portaliano tenían que socavar y/o liquidar, cada uno en su tiempo y a su manera: uno con lapiratería y otro creando el Estado artificial de Bolivia.
    Eran años en que la llamada “anarquía militar” de los guerreros se agotaba primero con Santa Cruz, luego con la muerte del último caudillo de esa época, Ramón Castilla, para dar pase al civilismo mercantil capitalino y costeño, que toma elpoder para enriquecerse con las riquezas del guano y para dar pase a esa era de orgía de dispendio en 1872, a escasos siete años de la aciaga guerra, cuando esta casta dominante en la práctica licencia al Ejército y a la Marina, mientras en el país del sur se armaba, siempre con apoyo inglés, desde 1868, como señalamos líneas atrás, es decir once años antes del estallido del conflicto.
    Es curioso como la historia oficial se esfuerza en ocultar la responsabilidad de líder político de los mercaderes del guano, el civilista Manuel Pardo, que desoyó las previsiones de Castilla (“si chile compra un barco, PERU debe comprar dos”),destruyó y persiguió al Ejército, debilitó su ancestral espíritu guerrero, expuso a la patria a merced del expansionismo chileno que buscó pretextos, orquestados en efecto desde gran bretaña, para iniciar su guerra de rapiña que ahora pinta de “epopeya”.

    Traidores

    En la Guerra del Guano y del Salitre (1879-1883) ese civilismo Limeño se pintó en su verdadera faceta. También los personajes tipo el felipillo traidor de Mariano Ignacio Prado, quien era presidente al inicio de la guerra, pero ante los primeros fracasos, un 19 de diciembre de 1879, se fue a Europa, con el pretexto de comprar armas, llevándose un cuantioso botín de dinero, joyas y objetos de valor recolectado por las Damas de Lima para la defensa del país. Regresó en 1887, sin dar cuenta del dinero y joyas para las armas. Estos detalles poco a poco va “olvidando” la historia oficial, laque sí resalta el papel de uno de sus hijos, que fuera presidente del Perú dos veces: Manuel Prado Ugarteche.
    Hubo también un coronel EP, Carlos Agustín Belaúnde, improvisado militar pierolista a quien dieron grado de coronel, el mismo que cuando los oficiales de Arica decidieron la defensa de la plaza por unanimidad, fue el único que se opuso con vehemencia. La historia cuenta que por este comportamiento, don Francisco Bolognesi dispuso su arresto y fue llevado preso al monitor “Manco Cápac”, pero antes de la batalla de Arica logró desertar con destino a Moquegua. Uno de sus descendientes sería también presidente dos veces en la segunda mitad del siglo XX.

    El “Taita” Cáceres (verdadero heroe PERUANO)

    Quien salvó el honor nacional, en palabras de los mismos chilenos y de historiadores de otras latitudes, fue el caudillaje del coronel Andrés Avelino Cáceres Dorregaray, el “Taita” Cáceres, de actuar brillante en la campaña de Tarapacá al mando de la II División del Ejército del Sur. Combatió en la siguiente campaña de Moquegua, y luego en la de Lima, nuevamente como jefe divisionario, con el mismo rango de coronel. Y es que el grado de general sólo le fue otorgado por la Asamblea de Arequipa, a fines de 1882, siendo vicepresidente provisional don Lizardo Montero.
    Los soldados de Cáceres, demás está decir, peleaban con machetes, lanzas, garrotes, piedras y unos pocos con fusiles anticuados. Eran las montoneras y las guerrillas de miles de indios pobres que lo acompañaban al “Taita” en la inmensidad de la cordillera. De los varios ejércitos que formara, la mayoría de sus hombres murieron en su ley, por el PERU. Y con seguridad que el último de sus ejércitos, derrotado con la complicidad de traidores en Humachuco, se hubiera recompuesto, y habría marchado sobre Lima, inexorable, si no fuera porque los chilenos calcularon que prolongar la ocupación era arriesgar el pellejo y obligaron a sus títeres ―Iglesias en primer término― a la firma del ignominioso tratado de Ancón.
    ¿Qué había pasado en el ínterin de la guerra? Que en el curso de la conflagración el espíritu guerrero de los Andes, encarnado en Cáceres, había desplazado al mercantilismo costeño disfrazado políticamente de civilismo.

    La reconstrucción

    “Finalizada la contienda, fue restaurada la Constitución de 1860 redactada por los discípulos del gran líder conservador Bartolomé Herrera, con su promesa de equilibro, y los empobrecidos mercaderes del campo y la ciudad fueron convocados para sumarse a la obra de la Reconstrucción Nacional. Pero cuando el país había sido saneado de las pesadas reparaciones de la guerra, el alma mercantil en falencia quiso asaltar nuevamente las arcas del Estado y copar el poder para repartirse los pocos dividendos de la convaleciente República”, dice Fernán Altuve en cierta parte de su obra “La democracia fuerte”.
    Pero al final de la guerra no se diga que a chile le fue de maravillas. Recuérdese que el presidente Juan Manuel Balmaceda quiso nacionalizar el salitre arrebatado a PERU y Bolivia, pero los intereses británicos le organizaron una guerra civil con el general Estanislao del Canto, que había combatido contra el PERU, desangrando a su país, y el mismo Balmaceda terminó suicidándose. Como se ve, ni chile disfrutó del salitre, el único beneficiario fue Inglaterra. Así pagaron los ingleses a la felonía chilena
    Siempre la palabra PERU la he escrito en letra mayuscula y siempre la escribo en letra mayuscula, y la e nuestro eterno enemigo la escribo en letra minuscula.
    Espero que sea tema de refleccion este articulo y que se empiese a pensar la fecha en la cual el PERU empesara a recuperar todo lo PERUANO que chile lo tiene secuestrado desde hace 131 años.

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    PERUANO, has patria, mata un chileno ¡ya! (Degollalo)

    Alejandrina tu, viva el ¡PERU!

  4. El cuerpo de Nicolás de Piérola,yace en el Panteón de los Héroes en el Cementerio
    Presbítero Maestro…cosas de Perú.

  5. ¿Quien se atrevera a sacarlo del Panteon de los heroes PERUANOS a este traidor del PERU llamado nicolas de pierola (a) felipillo? espero que sea Ollanta Humala

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