Israel-Irán: Inquietud en Washington

IRAN ISRAEL USA

WASHINGTON (apro).- El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, aseguró públicamente que su país “le cuida las espaldas a Israel”, pero la posibilidad de un “ataque preventivo” de sus aliados en el Medio Oriente contra las instalaciones nucleares de Irán está creando una creciente preocupación en Washington, donde se teme desde una guerra regional hasta una oleada de ataques contra intereses estadunidenses, lo cual a su vez podría impactar en el proceso electoral interno.

Obama recibió el pasado viernes 2, en esta capital, al primer ministro de Israel, Benyamin Netanyahu, y antes visitó la convención del AIPAC, el polémico lobby judío estadunidense de apoyo a Israel, ante el cual reiteró su respaldo al Estado hebreo.

La semana pasada, el diario ruso Kommersant aseguró que la secretaria de Estado, Hillary Clinton, envió un mensaje a Teherán a través del ministro de Exteriores de Moscú, Sergei Lavrov: el tiempo se acaba y si los iraníes no se rinden ante las sanciones económicas, entonces será la “última oportunidad” antes de un ataque militar. El periódico, que citó voceros diplomáticos, incluso arriesgó que una “invasión” podría registrarse “antes de fin de año”.

Más allá de las declaraciones públicas de apoyo y de las bravuconadas militares, y detrás de la ansiedad israelí por atacar las plantas nucleares donde los iraníes supuestamente están desarrollando armas atómicas, corre la histórica ambigüedad de las relaciones entre Estados Unidos e Israel y las cada vez mayores preocupaciones sobre las posibles consecuencias de un conflicto.

“Nosotros no sabemos cuáles serán todas las consecuencias que un ataque podría tener para Estados Unidos, pero el consenso es que serán muy malas”, señala a Apro el analista Robert Naiman, uno de los directores del think tank Just Foreign Policy, de Washington.

“Existe mucho humo deliberado alrededor de la cuestión, pero hay algunas cosas que sí sabemos: que dentro del aparato de seguridad israelí hay muchas dudas sobre los beneficios de un ataque, que la opinión pública en Israel y en Estados Unidos es mayoritariamente contraria y que una agresión unilateral impondrá altos costos” al gobierno de Obama, agrega.

Peor aún, advirtió que un ataque de Israel “no detendrá de manera significativa el programa nuclear iraní e incluso se teme que pueda resultar en lo contrario, en un aceleramiento de esos planes”.

En ese sentido también se expresó esta semana el analista Rajan Menon, de la Lehigh University. En una columna para el sitio de Internet Huffington Post, afirmó que una incursión militar israelí “garantizará que Irán se lance con una apuesta determinada y explícita por construir armas nucleares, porque sus líderes concluirán que Israel nunca hubiera atacado si Irán contase con bombas atómicas”.

Agregó que “un ataque israelí tendrá consecuencias múltiples, prolongadas y perniciosas”, no solamente para Israel, sino especialmente para Estados Unidos.

Naiman sostiene que “Estados Unidos e Israel tienen la política de inflar la amenaza de un ataque” a las plantas atómicas iraníes.

“La propaganda de los gobiernos de Estados Unidos e Israel sobre la amenaza de los programas nucleares iraníes ya abonaron el terreno para un ataque israelí, que será luego defendido en el Congreso por los sostenedores del Estado judío, los mismos que ya votaron la resoluciones que reclaman un cambio de régimen en Teherán”, indica Ann Wright, una exdiplomática y militar estadunidense convertida ahora en analista.

A esta altura, dice Wright a Apro, “si Netanyahu decide atacar Irán, no creo que Estados Unidos pueda detenerlo”.

Wright coincidie con Naiman en señalar que un ataque israelí resultará en “acciones de Teherán contra intereses de Israel y Estados Unidos en Medio Oriente, y probablemente a nivel mundial”.

Y si bien ambos expertos reconocen la importante influencia que Washington ejerce sobre Israel, también apuntan las numerosas variantes políticas históricas, regionales y globales que marcan la relación entre ambos países.

“Uno podría pensar que la influencia de Washington debería ser muy grande, teniendo en cuenta los miles de millones de dólares que le provee en ayudas militares cada año a Israel”, indica Wright.

“Sin embargo, la falta de voluntad de los gobiernos norteamericanos de tomar medidas de castigo contra Israel por sus ataques sobre Gaza, o contra la incesante construcción de asentamientos judíos en los territorios palestinos, demuestran el poderío del AIPAC, uno de los lobbies con más poder sobre la política y los gobiernos estadunidenses”, estima.

En efecto, las cosas han cambiado mucho desde 1948, cuando el entonces presidente de Estados Unidos, Harry Truman, impuso un embargo de armas tanto a los israelíes como a sus vecinos árabes en guerra. De hecho, en 1956, cuando un Washington en ascenso mundial todavía no había decidido quiénes serían sus aliados en el Medio Oriente, Estados Unidos se opuso a la incursión militar israelí-británica-francesa contra Egipto.

Ya para 1967, el año de la Guerra de los Seis Días, Estados Unidos se había alineado con Israel y esperaba contar con ese aliado como su brazo armado en la región.

Cabildeo judío

Actualmente la asistencia militar estadunidense a Israel alcanzó niveles récord. El acuerdo firmado en 2007 por el entonces presidente de Estados Unidos, el republicano George W. Bush, prevé el desembolso de unos 30 mil millones de dólares en una década, y su alcance fue mantenido y profundizado por su sucesor, el demócrata Obama.

La aparente tolerancia de Washington hacia Israel tiene un claro contenido económico: la necesidad estadunidense de contar con un aliado estrecho en Medio Oriente, una zona explosiva donde se producen enormes cantidades de petróleo.

Para los estadunidenses se trata de un juego delicado, ya que por ahora siguen necesitando a Israel, pero tampoco pueden dejarse ver a nivel internacional como una potencia que se rinde ante las exigencias de sus aliados israelíes y del lobby judío.

“El periodo actual está a mitad de camino de lo que se vivía en 1956 y en 1967”, explica Naiman. “Por un lado –continua–, creo que Estados Unidos se encuentra mucho más cerca de Israel que en 1956, pero por el otro lado la idea de Israel como un brazo armado para llevar adelante acciones de combate ya no es tan atractiva como lo era en 1967”, añade.

Naiman estima que “si bien Estados Unidos se beneficia de la idea de que Israel es un actor independiente en Medio Oriente, si los países de la región creen que Washington no tienen ningún tipo de control sobre el Estado judío, eso terminará dañando su peso e imagen” entre las naciones árabes.

“En todo caso –completa Naiman–, los estadunidenses tienen que estar muy preocupados por las versiones que indican que el gobierno de Israel no avisará a Washington antes de atacar Irán, porque un ataque semejante tendrá graves implicaciones para Estados Unidos”.

Según este experto, un bombardeo “será seguramente visto por los iraníes como una acción aprobada por Estados Unidos, en especial teniendo en cuenta que los gobiernos norteamericanos armaron a las fuerzas militares israelíes, incluyendo los equipos que probablemente se usen en un eventual incursión de este tipo”.

En un escenario de ese tipo, continua, “es probable que Irán busque tomar represalias” contra Estados Unidos

La “segunda venida”

La danza de intereses económicos y políticos globales está acompañada en Estados Unidos por un sugestivo elemento religioso local, que en muchos casos explica el decidido apoyo que muchos legisladores estadunidenses le prestan a Israel. Organizaciones como la Christian Coalition of America, la Evangelical-Jewish Alliance o la Christians United for Israel, incluso lanzaron en las últimas semanas anuncios televisivos para presionar en favor de un ataque contra Irán.

Las razones del apoyo de los evangélicos a Israel son un tanto oscuras, pero el fervor ha obligado a legisladores y altos funcionarios a esconder cualquier eventual crítica a Israel y seguir respaldando prácticamente de manera completa a los gobiernos del aliado medioriental.

Se estima que alrededor de un tercio de los 40 o 50 millones de estadunidenses evangélicos creen en las profecías bíblicas que señalan que los judíos deben tener su país en la Tierra Santa como requisito fundamental para el regreso de Cristo a la tierra, la Segunda Venida. Una mezcla de Armaggedon y de geopolítica moderna mantiene a incontables evangélicos, una poderosa fuerza electoral, apoyando la existencia de Israel, aunque no sea más que como condición egoísta para el regreso de Jesús.

Por ello no sorprende que la “cuestión iraní” y la seguridad de Israel esté jugando un papel tan importante en las primarias republicanas en curso. “Nosotros tenemos un presidente –dijo, por ejemplo, la nueva estrella conservadora de Estados Unidos, el exsenador Rick Santorum– que no reconoce las raíces históricas de Israel, dónde están, cuáles son, un presidente que nunca habla de las bases para la justificación del Estado de Israel”.

Cuando le llegó el turno de hablar ante la reunión de la AIPAC, en Washington, Santorum acusó a los iraníes de “irracionales”, y advirtió que “si Israel no logra destruir esas plantas” nucleares donde Irán presuntamente desarrolla armas atómicas, “entonces las destruiremos nosotros”.

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