El gremio de los ávaros

ONESIMO REDONDO

Por Onésimo Redondo (1905-1936).

Definición del avaro

El dinero busca las manos sucias. Se acumula y se detiene allí donde hay unas manos hechas a especulaciones impuras y avaras de posesión. El hombre de verdad avaro, de cualquier forma hace dinero. Lo mismo se enriquece vendiendo alpargatas que drogas, e igual hace dinero si profesa el préstamo usurario que si se dedica al noble y azaroso oficio de la agricultura.

También se allegan riquezas con el trabajo y la inteligencia asociados sin avaricia: Es cierto. Pero allí se detienen inmóviles las riquezas, en perpetuo crecimiento, donde están las manos del avaro.

Entiéndase que no sólo es avaro aquel pobre y repugnante hombre que las leyendas pintan contando en sus lugares escondidos el oro, y atándose al corazón las llaves de su arca. Ni tampoco solamente el que de los sótanos traspasó al banco sus riquezas para dejarlas quietas, sin hacer otra cosa que percibir sus intereses y contarlas.

Hay avaros perfectos, avaros de corazón, que levantan edificios, adquieren fincas y aún mueven industrias. Esto, que si fuera una actividad generosa podría redimir a los ricos, a pocos de los que nuestra sociedad libra del estigma de la avaricia: por que ¿no lo hacen todos pensando solamente en el aumento de su fortuna?

Es avaro no solo el que se goza en contar a escondidas lo que posee; ni solo el que presta en metálico a grandes usuras. Lo es todo aquel que vive dominado por el afán de ganar y conservar.

Conversación del avaro

Hablad con un avaro, que poco os cuesta. Detrás de un mostrador de nuestros grandes comercios, en el fondo desaliñado de esos almacenes donde unos oscuros escribientes cuidan míseramente un avaro. Le encontraréis también en los mejores despachos de las profesiones liberales, en el piso anónimo de un gran casero o del rentista que se vino a vivir a la ciudad, en los sillones más acogedores de los buenos casinos, ¡en las iglesias, cuántas veces!

Si no vais a estorbarle en su amoroso negociar, a robarle los preciosos minutos, de los que él sabe dilatar gota a gota sus ganancias, os recibirá amable y muchas veces dicharrachero. (Se entiende en el caso de que tengáis alguna importancia social o vayáis a darle algo de ganar).

Un tesoro de generosidad posee el avaro, y es éste: el elogio. Como los elogios no cuestan dinero, los prodiga a las amistades y más a los clientes, sin tasa ni medida; lo mismo alaba la salud que la inteligencia; la presunta laboriosidad que el buen tipo.

Y un horror genérico, horror gremial – que se extiende por todos los de su casta – es característico del avaro: el de hablar largo y tendido de cosas trascendentales. Si queréis dar un mal rato al avaro, habladle en serio de los males sociales, y ponderadle la grave urgencia de invertir esfuerzos y dinero en salvar a la patria y redimir a los obreros. Le veréis distraerse al poco rato, empujar el volante de la conversación a lo superfluo y forcejear por volver a sus baratas amabilidades. Y cuidado con poneros pelmas, porque estáis perdidos: el avaro dará fin hasta de su cortesía, y cortará firmemente la conversación para sumirse nuevamente en el sabroso recorrido de sus ricos minutos, de los cuales, gota a gota, va destilando las ganancias.

Hegemonía avarista

Este gremio, bien poblado y poderoso, el de los avaros, es el que tiene a la sociedad en sus manos, porque tiene el dinero. Y podemos asegurar que hasta aquí no les ha salido enemigo serio. Lo fue – ¡y con qué denuedo! – Jesucristo.

Pero los sermones contra la avaricia, sermones crudos, sentidos y veraces, como los de Jesucristo y sus santos, han perdido actualidad. Nosotros, que frecuentamos las iglesias, hemos oído muy pocos.

Tampoco el marxismo es enemigo, ni mucho menos, de los avaros. Tiende únicamente a renovar el personal del gremio. Leed cualquier papelucho marxista y encontraréis tanta abundancia de diatribas contra las cosas de Cristo como carencia de combate serio contra ese gremio de los “ricos”, tan condenado por Aquél.

Los “ricos” – los avaros – viven, pues, metidos en la Iglesia y no muy mal mirados por los enemigos de ella.

A los avaros no les han salido enemigos serios. Y es seguro que mientras ésto no suceda no se habrá abierto el camino de la justicia social y de la salud pública.

Fuente: “Libertad”, núm. 43, 4 de abril de 1932.

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