Más de 8,000 personas vieron escenificación de batallas de Marcavalle y Pucará

ESCENIFICACION DE LA BATALLA DE MARCAVALLE Y PUCARA

Más de 8,000 personas observaron la escenificación de las batallas de Marcavalle y Pucará, en Junín, que se cumplió como parte de las celebraciones por el 130º aniversario de estas gestas heroicas, que encabezó el mariscal Andrés Avelino Cáceres.

En la puesta en escena se apreció al mariscal, representado por el comandante del Ejército peruano Henry Delgado Diestra, quien al frente de sus guerrilleros y tropas desarrolló el plan estratégico para derrotar y expulsar a los invasores chilenos del valle del Mantaro.

La interpretación se realizó en el paraje Chuo Uclo, de Pucará, y participaron 2,500 actores, entre alumnos de cuarto y quinto de secundaria de los colegios Guadalupe, Túpac Amaru, Mariscal Cáceres de Pucará, Nuestra Señora del Rosario y María Inmaculada.

También estuvieron los escolares de Perú Birf de Sicaya, Juan Valer de Jauja, Héroes de la Breña, Víctor Raúl de la Punta, Chinchaysuyo de Sapallanga, y Politécnico Regional del Centro.

Asimismo, estudiantes de la Universidad Privada Alas Peruanas, legionarios caceristas de Pucará y Sicaya, y pobladores de las comunidades campesinas de Raquina, Pucará, Patalá, Talguis, Socos, La Breña, Pucapuquio y Marcavalle.

La escenificación de las batallas es resultado de la unión de voluntades de las instituciones públicas reunidas en la comisión multisectorial, encabezada por el presidente regional de Junín, Vladimir Cerrón Rojas.

Los militares de la 31ª Brigada de Infantería del Ejército del Perú llevaron a cabo cuatro ensayos para mejorar el desplazamiento y caracterización de estos hechos históricos, tratando de que se asemejen lo más posible a lo que realmente sucedió.

Cerrón Rojas asistió a la escenificación acompañado por el jefe de la 31ª Brigada de Infantería, general Marco Antonio Jaimez Rebosio, y el jefe de la Región Policial Centro, general Miguel Basilio Grossman.

La Batalla de Tarapacá

BATALLA DE TARAPACÁ

Vea aquí el video de la serie peruana “Nuestro Héroes de la Guerra del Pacífico – La Batalla de Tarapacá”

Tomás Caivano

Victoria en Tarapacá: “Belisario Suárez iba adelante en su ágil caballo blanco. Era el punto de mira de todo el ejército, electrizado por el ejemplo.”

Cuatro días después de la batalla de San Francisco, los chilenos alcanzan al ejército peruano en Tarapacá. – Esperan refuerzos. – Contingentes respectivos de los ejércitos. – El ejército peruano estaba desorganizado. – Tarapacá. – Sorpresa y valerosa defensa de los peruanos. – El historiador Vicuña Mackenna quiere atenuar la derrota de los chilenos. – Los peruanos, aun faltándoles municiones, obtuvieron una espléndida victoria. – Porque no aprovechó en modo alguno al Perú. – Los peruanos se dirigen a Arica. – Fanfarronadas chilenas. – El desierto de Tarapacá queda en poder de los chilenos.

Después del simulacro de batalla de San Francisco, el ejército chileno permaneció inactivo, como si estuviese clavado en sus posiciones, por espacio de cuatro largos días; mientras todo exigía que se hubiese puesto inmediatamente en persecución del enemigo, desde la misma noche del 19: la posición de éste era tan triste que, una vez alcanzado, hubiera acabado necesariamente por rendirse. El Estado Mayor chileno no salió de su torpor sino en la mañana del 24, enviando una pequeña fuerza de caballería e infantería por el camino que atravesaran cuatro días antes las tropas peruanas.

Esta fuerza llegó sin inconvenientes a Tarapacá; y sabiendo que el enemigo se encontraba provisoriamente acampado allí, en tan deplorables condiciones de hacer suponer que, incapaz de batirse, se habría necesariamente rendido al simple acercarse de una división enemiga, por débil que fuese, su primera idea fue la de adelantarse inmediatamente, e intimarle la rendición. Después, escuchando consejo más prudente, decidió esperar, antes de intentar la empresa, los refuerzos que diligentemente pidió y obtuvo del cuartel general; y al amanecer del 27, con la completa confianza de hacer prisionero al enemigo sin disparar un tiro, se presentaron los chilenos sobre las alturas que dominan la pequeña aldea de Tarapacá. Sus fuerzas las hacen ellos ascender a 2,500 hombres, entre caballería e infantería, y diez cañones; los adversarios dicen por el contrario que fueron más de 5,000. A nuestro juicio, ambas cifras son equivocadas: es un hecho, que el combate de Tarapacá fue sostenido por la división Arteaga, que el 19 trajo consigo de Pisagua el General en Jefe, y que se quedó en Jazpampa, cuando la retirada y dispersión del ejército de los aliados hizo inútil su presencia en San Francisco; y puesto que resulta de los documentos y partes oficiales chilenos, que dicha división se componía entonces de 3,500 hombres (1), todo dice y hace creer que éste precisamente, aumentado con los 400 hombres que habían salido antes de Dolores, fuese el número de los chilenos que tomaron parte en la jornada de Tarapacá, es decir 3,900 entre todos.

En cuanto a los peruanos, no pasaban de 5,000, de los cuales, cerca de 3,600 se encontraban en la aldea misma de Tarapacá, y 1,400 unas cuantas millas más allá, en Pachica, en marcha para Arica; de manera que las primeras seis horas de combate, comenzando desde las nueve de la mañana, fueron sostenidas únicamente por los 3,600 hombres que se hallaban en Tarapacá. La división de Pachica tuvo noticia de la llegada de los chilenos en Tarapacá, en el momento mismo en que comenzaba la lucha, mientras se preparaba a continuar su marcha hacia Arica: no pudo encontrarse sobre el campo de batalla sino a las tres de la tarde; y como fácilmente se comprende fue la que decidió del éxito de la jornada (2).

Atendiendo a los precedentes de San Francisco y al lamentable estado en que se encontraban los batallones peruanos en Tarapacá la confianza que animaba a los chilenos, de hacerlos prisioneros con poca o ninguna fatiga, no era completamente sin fundamento.

En dirección a Arica, donde principalmente los empujaba la falta de vituallas, el hambre que lentamente los consumía desde tantos días, los peruanos se habían detenido en Tarapacá con el solo objeto de hallar un poco de reposo después de tantos días de largas y fatigosas marchas, y de esperar a la quinta división que había salido la última de Iquique, para entrar reunidos en Arica. Esta división, caminando a marchas más que forzadas en un desierto impracticable, por seis días consecutivos, había llegado a Tarapacá, rendida y fatigada, la mañana del día antes, 26; cuando, en atención a los muy pocos recursos que pudo ofrecer la pequeña aldea de Tarapacá, era preciso ya salir de allí. Sin embargo, para dar un día a lo menos de reposo a esta división, que literalmente no se tenía de pie, se hizo salir adelante una división de 1,400 hombres (la que luego volvió desde Pachica), aplazando la salida del resto del ejército para las últimas horas del día después, 27.

Por consiguiente, la mañana del 27, casi en el momento de emprender la desastrosa marcha, que tenía todo el aspecto e importancia de una fuga —pues sino del enemigo, huían de las privaciones del desierto— el pequeño ejército del Perú hallábase aún como lo vimos al alejarse de las faldas de San Francisco, en estado de completa desorganización. Salvo pocas excepciones, puede decirse que no había oficiales: los que no habían desertado después de los hechos de San Francisco, habían perdido todo prestigio ante sus soldados, los cuales no podían dejar de reprocharles su mala conducta del día 19, delante del enemigo. Había, es verdad, unos cuantos oficiales que, por sí mismos muy dignos de consideración, todavía conservaban su propia autoridad, como Buendía, Suárez, Cáceres, Bolognesi y Ríos que mandaba la división que había llegado de Iquique, y otros de igual mérito: pero, si con sus esfuerzos podían conseguir mantener unida aquella gente (lo que no era poco en aquellas circunstancias, y que hubiera sido imposible con soldados menos buenos), no eran suficientes para atender a todo, y para levantar el espíritu de aquellos hombres que, después de haberse visto tan mal dirigidos y guiados y hasta cierto punto víctimas de la traición de sus jefes más inmediatos, se veían todavía rodeados de dificultades y privaciones de todo género, con la terrible perspectiva más o menos próxima de tener que sufrir el hambre más espantosa quien sabe por cuantos días. Disciplina, por consiguiente, tenían poca o ninguna; y exceptuando el hecho de permanecer todos juntos, de no desertar, cada uno tenía tácitamente la facultad de obrar a su albedrío.

Como prueba de cuanto antecede baste saber, que no hacían ninguna de las tantas operaciones propias a un ejército en campaña, ni aun las que tan imperiosamente exigía su misma seguridad personal. Nadie pensaba al enemigo que dejaban a las espaldas, y que debían suponer ocupado en su persecución: Vivían en el mayor olvido de todo, sin avanzadas, sin patrullas de inspección y sin tener ni aun siquiera una centinela que pudiera avisarles su llegada, en el caso nada improbable de que esto llegase a suceder. Y aquí hay que advertir, que situada la pequeña aldea de Tarapacá en el fondo de un estrecho valle, cuya mayor anchura no pasa de un kilómetro, entre dos cadenas de cerros elevados y escabrosos, su situación debía necesariamente ser de las más críticas y difíciles en el caso de una sorpresa por parte del enemigo, el cual podía ocupar sin ser apercibido las alturas de los cerros, como efectivamente sucedió la mañana del 27, y desde allí fusilarlos a mansalva, antes que tuvieran tiempo de salir de aquella especie de profundo canal en que se encontraban (3).

Esta circunstancia era precisamente la que fortalecía más la confianza que abrigaba el ejército chileno de hacerlos prisioneros a poca costa, pareciéndole, y no sin razón, casi imposible toda tentativa de resistencia, una vez que se hubiesen dejado sorprender en Tarapacá, aun independientemente de toda otra consideración.

Como la sorpresa sucediera, y como los peruanos encontraron medio de salir de su difícil y casi desesperada situación, lo sabremos por el escritor chileno tantas veces citado.

“Hallábase el Coronel Suárez bajo un corredor, firmando una papeleta para distribuir unas pocas libras de carne de llama al batallan Iquique –35 libras por batallón– cuando, apeándose de sus mulas tres arrieros que habían salido en la mañana a sus quehaceres por los cerros del oriente, corrieron a decirle que el enemigo coronaba las alturas por el lado opuesto. Y no habían aquellos acabado de hablar, cuando otro arriero revolvía del camino de Iquique con la misma terrible noticia… Eran las nueve y media de la mañana del 27 de noviembre cuando oyóse en todos los cuarteles y puntos de hospedaje del bajio el bronco sonar de las cajas de guerra que tocaban generala… alistáronse todos, sin acuerdo previo, para salir de la ratonera en que estaban metidos, dominando a un mismo tiempo las alturas del suroeste y del noroeste que emparedaban la quebrada como hondo cementerio… No había por allí senderos practicables, pero los soldados alentados generosamente por sus oficiales, trepaban los farellones a manera de gamos, apoyándose en sus rifles… El Coronel Suarez, Jefe del Estado Mayor, esta vez como en todas las precedentes iba adelante, y su ágil caballo blanco, encorvándose en la ladera para afianzar sus cascos y su avance, era el punto de mira de todo el ejército electrizado por el ejemplo. Eran las diez de la mañana, y la terrible batalla de Tarapacá que fue propiamente una serie de batallas en un mismo Campo Santo, iba a comenzar (4).”

El soldado peruano probó una vez más, en la sangrienta lucha de Tarapacá, como en los tiempos de la guerra de la independencia, sus excelentes cualidades personales, y lo mucho que se podría conseguir de él si tuviese una buena oficialidad. Sorprendido por el enemigo cuando menos se lo esperaba, casi encerrado en un foso sin salida, y cuando por sus excepcionales condiciones del momento, así materiales como morales, debía necesariamente encontrarse tan débil de ánimo como de cuerpo, supo, no solamente salir del foso para ponerse enfrente de un enemigo que lo dominaba y fusilaba a discreción, sino también combatir valerosamente durante largas horas, y conseguir una victoria tan espléndida como inesperada. Para obtener todo esto, no pudo contar más que sobre su valor personal, sostenido apenas por el ejemplo y la voz de un pequeño número de buenos oficiales. Sin artillería y sin caballería, de que el enemigo estaba abundantemente provisto, sin plan de batalla y sin hallarse confortado por alimentos buenos y suficientes (habiendo sido sorprendido mientras se estaba preparando el mezquino rancho, al cual estaba reducido desde algún tiempo), el soldado peruano se adelantó intrépido y resuelto contra el enemigo; lo fue a buscar hasta dentro de sus mismas posiciones, que estaban defendidas por diez buenos cañones y por las bien aprovechadas asperezas del suelo; y luchando cuerpo a cuerpo, en un encarnizado combate varias veces suspendido, para tomar aliento y volverlo a empeñar cada vez con vigor siempre creciente, le tomó sus cañones y sus banderas, lo desalojó de sus posiciones, y lo hizo retroceder varias millas en completa derrota. Si el soldado peruano hubiese tenido todavía a su disposición, suficientes cartuchos para seguir haciendo fuego diez minutos más, la jornada hubiera concluido con la pérdida completa e inevitable de toda la gruesa división chilena (5).

Sigue leyendo

Andrés Avelino Cáceres y la defensa de Lima (Parte II)

EL BRUJO DE LOS ANDES ANDRES AVELINO CACERES

A las 04.00 horas, hallándose el campo cubierto por espesa neblina, se escucharon tiros que provenían de un encuentro entre avanzadas, haciéndose evidente que estaba por principiar la batalla. Media hora después, avanzando silente y protegido por la neblina, el enemigo cargaba sorpresivamente sobre el ala derecha, cuya defensa estaba encomendada al coronel Lorenzo Iglesias. Cáceres marchó apresuradamente a ese sector de su línea, seguido casi automáticamente por Piérola, y al percatarse que los chilenos cogían por retaguardia a las tropas de Iglesias, cuando lo hacía notar Cáceres como esperando órdenes, Piérola le volvió la espalda y partió hacia Chorrillos.

Un testigo de lo que sucedió después relataría: “Piérola ya no se dejó sentir en toda la mañana. Ni Dávila que mandaba en la izquierda, ni Cáceres que sostenía el centro, ni Iglesias que se batió en la derecha, recibieron una orden suya. Estuvo en Chorrillos o en los callejones de Villa, paseando como un curioso y escuchando como un autómata los ruidos de la fusilería y las detonaciones de la artillería en todas direcciones. Realizábase así su gran plan” (4)’.

Tampoco fue sorpresa para Cáceres la deserción y fuga del dictador, y al tiempo de verlo partir asumió totalmente la dirección de la batalla en su sector. Según una anónima relación peruana, fue “heroico el comportamiento de este ilustre jefe de nuestro ejército (y) gran parte de sus subordinados supo también cumplir con su deber” (5). Pablo Arguedas y Domingo Ayarza, jefes de dos divisiones que combatieron a sus órdenes, ofrendaron heroicamente sus vidas, a la cabeza de sus unidades que fueron aniquiladas.

Sigue leyendo

Andrés Avelino Cáceres y la defensa de Lima (Parte I)

CAMPAÑA DE LA BREÑA

Luis Guzmán Palomino

Orden de la Legión Mariscal Cáceres

No tuvo Andrés A. Cáceres a su “Zepita” en la defensa de Lima. A finales de setiembre de 1880, fecha de su llegada a Lima, el dictador, Nicolás de Piérola, le dio el mando de una quinta división acantonada en Huaral, a efecto de adiestrarla, disciplinarla y prepararla para contrarrestar un desembarco enemigo que creía sin duda que se realizaría en Ancón. Cáceres replicó que a su juicio la invasión se realizaría por el Sur y solicitó un puesto en ese frente, pero el dictador insistió con terquedad y suficiencia que tenía precisos informes de que Ancón serviría de cabecera de puente a los invasores. Ante ello, al Héroe de Tarapacá no le quedó sino encaminarse a Huaral.

El Ejército de Lima fue entregado al Pierolismo

Pudo advertir Cáceres la tremenda desorganización reinante en la capital. El Ejército de Línea prácticamente ya no existía. Los restos del Primer Ejército del Sur eran refundidos con unidades colecticias que llegaban a Lima de diferentes partes del país; y veteranos jefes y experimentados oficiales de carrera eran sustituidos por condotieros improvisados cuyo único mérito era el de pertenecer al partido de gobierno: “El Ejército de Lima fue entregado a los hombres de partido, mientras los jefes del antiguo ejército veían con dolor el abismo a que se nos conducía, y en que fueron arrastrados por las mismas tropas que se les confiaron al último momento y cuando su influencia sobre ellas debía ser nula” (1).

Sigue leyendo

Convicción ideológica nacionalista y técnica artesanal de combate

GUERREROS PERUANOS

1882: LOS CAÑONES DE SINCOS

Julio Escobar (Artículo publicado en la Revista del Ejército en abril de 1933)

Hablar de artillería es hablar de cañones. Y desde que el hombre descubrió la pólvora, los cañones, como una de las primeras aplicaciones bélicas pesadas, también han evolucionado. La arcaica culebrina de bronce y el antiguo cañón de mecha han devenido después de siglos, en las modernas piezas automáticas de artillería.

¿Pero hubo alguna vez cañones de madera? La pregunta no es para reírse. La respuesta tampoco. ¡Sí! Y nada menos que en el Perú, durante la gloriosa Campaña de La Breña.

El Cáceres-Tayta, proveniente de Huanta, antes de penetrar al valle del Mantaro para expulsar a los chilenos, envió agentes secretos a los ayllus, alertándoles para el levantamiento simultáneo a su ofensiva por Marcavalle.

Los agentes, con la indumentaria hecha jirones luego de semanas de marcha por breñas y punas, se esparcieron como “pordioseros errantes” (avelinos) para organizar el gran golpe que aplastó a los chilenos en Marcavalle, Pucará, Concepción, Huancayo y demás pueblos aledaños, el 9 y 10 de JUL 1882.

Sigue leyendo