Ambrosio Salazar, vencedor de Sierralumi, hizo de Concepción tumba de 77 chilenos invasores y depredadores

BATALLA DE CONCEPCION

Al frente de varias columnas guerrilleras asaltó cuartel improvisado por enemigos en un convento y los aniquiló tras 17 horas de encarnizada batalla

Por : VICTOR ALVARADO

El fulminante ataque en Marcavalle y Pucará lanzado el 09 de julio de 1882 por la tercera columna del Ejército del Centro, al mando del general Andrés Avelino Cáceres, contra las tropas invasoras del coronel chileno Estanislao del Canto, con un saldo de más de 200 invasores abatidos, estuvo acompañado ese mismo día por otra exitosa incursión en Concepción a cargo de la primera columna, compuesta por soldados regulares y guerrilleros, donde fue aniquilada una compañía completa de 77 invasores y 2 mujeres y un recién nacido que los acompañaban.

El ataque a los invasores en Concepción se prolongó por 17 horas, desde las cuatro de la tarde del 9 de julio hasta pasada las 11:00 de la mañana del día siguiente, el 10 de julio, donde emergió la figura del comandante de guerrillas Ambrosio Salazar y Márquez, el vencedor de Sierralumi, como el brillante estratega de la operación militar, gracias a cuya insistencia y tenacidad de guerrero pundonoroso se decidió y ejecutó el ataque, que estuvo a punto de no realizarse.

Los patriotas antes de lanzarse sobre Concepción, ocupada por la 4ta. compañía del regimiento Santiago, al mando del capitán chileno Ignacio Carrera Pinto, secundado por el teniente Arturo Pérez Canto y los subtenientes Julio Montt y Alberto Cruz, hicieron, a las tres de la tarde del día 09, un consejo de guerra en el caserío de Lastay, a tres kilómetros de distancia del objetivo, a petición del comandante Ambrosio Salazar, jefe de la columna “Comas”, quien consideraba que este lugar era el flanco desde donde debía atacarse a los invasores.

Consejo de guerra

El consejo de guerra se constituyó con los siguientes jefes: coronel don Juan Gastó, quien lo presidía; teniente coronel don Andrés Freyre, primer jefe de la Columna Pucará; teniente coronel don Francisco Carvajal, primer jefe de la Columna Ayacucho; y el jefe de la citada Columna Comas. Ante este planteamiento, el coronel Gastó, jefe de la columna, manifestó que tenía instrucciones de la jefatura superior para mantenerse a la defensiva, sin comprometer combate con el enemigo, y que a su criterio el ataque a Concepción no podría emprenderse por la inoportunidad de la hora (4:00 p.m.), y porque nada se sabía de los planes estratégicos del general Cáceres, empeñado en el sur en atacar el grueso del ejército invasor.

El jefe de la Columna Comas expresó su desacuerdo con las expresiones de Gastó y expuso su plan de cumplir las instrucciones superiores que había recibido, en mérito a que disponía la fuerza suficiente que él había organizado en Comas para atacar Concepción y que en el acto procedería a realizar el ataque antes de que el desaliento cundiera en el ánimo de los suyos.

Antes de que Gastó replicara las palabras de Salazar, el sargento mayor Luis Lazo, quien no formaba parte del consejo de guerra, pero que escuchaba a corta distancia las deliberaciones, levantó la voz y dijo:

“Señor comandante Salazar, yo lo acompaño en su empresa de ataque, he venido a pelear con los enemigos de mi patria, no a mantenerme a la defensiva”.

CAMPAÑA DE LA BREÑA

Las espontáneas expresiones de Lazo sacudieron al coronel Gastó y éste en el acto dio el visto bueno del ataque a la plaza de Concepción y encomendó a Salazar la dirección del mismo, en medio de expresiones de aprobación de los restantes integrantes del consejo de guerra. Los detalles del plan de ataque fueron discutidos en el camino entre Lastay y Concepción por el coronel Gastó y el comandante Salazar, mientras caminaban a la cabeza de sus fuerzas.

En cuanto llegaron a la parte este de la cumbre de la colina que domina a Concepción, la Columna Comas ocupó la falda del cerro León y abrió fuego contra el enemigo para llamar la atención de éste, a fin de permitir que Gastó ejecute un movimiento envolvente y coloque sus fuerzas a espaldas del convento, improvisado como cuartel por la fuerza chilena, y seguidamente encerrarla en un círculo de fuego mediante el ingreso de las fuerzas peruanas por todos los flancos.

LA BATALLA DE CONCEPCION

Las guerrillas de la Columna Comas tenía seguidamente previsto entrar por la izquierda al trote y tomar posiciones entre el camino a Huancayo y el puente de Concepción para cortarle al enemigo la retirada.

La Columna Pucará haría su ingreso por la derecha y la Columna Ayacucho lanzaría un ataque frontal. Esta al emprender el ataque recibió un fuego mortífero desde la torre de la iglesia y parapetos del cuartel, siendo herido su primer jefe, el comandante Francisco Carvajal.

Repliegue

La Columna Comas, según el parte de guerra de Salazar, fue igualmente recibida a balazos por los invasores desplegados en guerrillas en la plaza y el patio del convento, sosteniendo un nutrido intercambio de balazos por una hora. La acción de Salazar, conforme lo había acordado con Gastó, tenía la finalidad de que éste se introdujese sin ser visto para desembocar por la retaguardia de los invasores. Luego de esto, Salazar debía tomar el flanco derecho de los adversarios, lo cual hizo puntualmente.

BATALLA DE CONCEPCION

Memorias de Andrés Avelino Cáceres: El combate de Concepción

ANDRES AVELINO CACERES

9 de julio de 1882

Memorias del mariscal Andrés A. Cáceres; Milla Batres 1986, pp. 69-72

Aquel mismo día, alrededor de las tres de la tarde, las fuerzas del coronel Gastó atacaron al destacamento chileno acantonado en Concepción: una compañía del batallón Chacabuco. Los chilenos no habían advertido la marcha de los nuestros por las alturas. Mas, al avistarlos, cuando ya descendían por las agrias laderas, corrieron a apostarse en las bocacalles de la plaza. Y allí opusieron obstinada resistencia a las primeras acometidas de los guerrilleros, causando a estos numerosas bajas, pero sin lograr rechazarlos. Al contrario, abrumados luego por las reiteradas embestidas guerrilleras, retrocedieron precipitadamente a guarecerse en un antiguo caserón conventual, donde también acuartelaban.

Y, parapetados en el soportal del derruido edificio y ventanas de la contigua iglesia, renovaron porfiada resistencia. Y aunque su nutrido y certero fuego de fusilería producía terribles estragos en las filas de los asaltantes, estos, incesantemente reforzados, mantenían su impulso arrollador; y la lucha cobraba, por momentos, feroz encarnizamiento.

Extinguiéndose ya el día comenzó a declinar también la refriega. Pero el improvisado reducto estaba ya completamente cercado. A pesar de todo, el enemigo continuó defendiéndose con inaudita fiereza, hasta que la niebla y la oscuridad envolviendo el campo tornó la brega en intermitente tiroteo. Y así, ambos adversarios, con el alma en vilo, se mantuvieron en acecho toda la luctuosa noche, hasta que poco antes de amanecer del 10 de julio, los guerrilleros, testigos y víctimas de los crueles atropellos, saqueos, violaciones e incendios de los chilenos, les dieron un furioso asalto, del cual no se salvó ni uno solo de los 76  hombres que componían el destacamento enemigo.

Retirada de la división de Del Canto

El día 10 reanudé la marcha sobre Huancayo, resuelto a continuar la lucha; pero Del Canto había evacuado ya la población, dirigiéndose a Jauja. El enemigo, en su fuga, incendió los pueblos de Concepción, Matahuasi, Matamalzo, Ataura y San Lorenzo, asesinando al paso a multitud de indefensos pobladores.

Al retirarse de Jauja los chilenos, se disponían a saquear la ciudad, cuando de improviso les cayeron los guerrilleros de Concepción; por lo cual, sin tiempo para realizar sus fechorías dejaron la población y se encaminaron a Tarma.

El 15, por la noche, después de un ligero encuentro entre las guerrillas de nuestra vanguardia con la retaguardia enemiga, cuyo grueso se hallaba ya en Tarma, llegué a Tarmatambo, una legua distante de aquella ciudad.

Este era el momento propicio para lanzar un ataque resolvente con el grueso de mis fuerzas, y así lo concebí al instante. Pero, juzgando en seguida que un combate reñido en tales condiciones iba a traer como consecuencia la destrucción de la ciudad, opté por asediar al enemigo, cerrándole todas las avenidas y obligándole a hacer frente a los amagos e incursiones de los guerrilleros. Por otra parte, no me daba prisa en atacarle esperando el aviso de Tafur, de haber cortado el puente de La Oroya.

El día 16 envié un pequeño destacamento por las alturas de San Juan de la Cruz que dominan la ciudad de Tarma por el noreste, donde enzarzó en gresca con un destacamento contrario, al que causó algunas bajas, haciéndole retroceder hacia la población.

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